Todo lo que puede caber en un melocotón

Una madre recorre nerviosa los pasillos de un supermercado.

— ¡Emma!

Hace apenas unos segundos, su hija caminaba junto a ella. Ahora ha desaparecido entre los carros, los estantes y la gente que hace la compra.

Finalmente, la encuentra en la sección de fruta. La niña contempla un melocotón.

En italiano, melocotón se dice pesca. Y esa pequeña pesca será la inesperada protagonista de todo lo que viene después.

La madre la mete en el carro y continúa comprando. Pero Emma parece ausente. Mira el melocotón. Mira a su madre. De camino a casa, observa por la ventanilla algo que llama su atención: unos padres jugando con su hijo.

¿Qué está pensando?

Y quizá sea mejor no saberlo.

El anuncio, creado para la cadena italiana de supermercados Esselunga, provocó una enorme polémica cuando se estrenó. Políticos, periodistas y espectadores discutieron sobre el divorcio, los modelos de familia y la oportunidad de utilizar la mirada de una niña para vender productos.

Pero tal vez la política nos impida ver lo más importante.

La pequeña Emma no conoce las discusiones ideológicas ni los argumentos de unos y otros. Solo sabe que quiere a su madre y que quiere a su padre. Y que, de algún modo, existe una distancia entre ellos que ella desearía poder anular.

Los niños suelen percibir mucho más de lo que los adultos imaginamos. Detectan los silencios, las miradas evitadas, las palabras que no se pronuncian y las tensiones que permanecen en una habitación cuando aparentemente no ha ocurrido nada.

Y, a veces, intentan arreglarlo todo con los medios que tienen a su alcance: un dibujo, una pregunta…

O un melocotón.

El anuncio no necesita culpables. Simplemente nos permite contemplar durante unos instantes el mundo desde los ojos de su hija.

Y desde esos ojos, una ruptura nunca afecta únicamente a dos personas. 

Sin juzgar una historia que no conocemos, quizá también nos recuerda algo que solemos olvidar mientras todavía estamos a tiempo

El amor que se riega

Una familia no se conserva sola.

El amor no permanece vivo por inercia. No basta con haberlo sentido un día, con compartir una casa o con haber pronunciado una promesa. Como una planta, necesita ser cuidado y regado.

Cada día.

Se riega cuando escuchamos aunque estemos cansados.

Cuando pedimos perdón antes de convertir el orgullo en una pared.
Cuando dejamos el teléfono para mirar a quien tenemos delante.
Cuando damos las gracias por aquello que empezábamos a considerar obligatorio.
Cuando cuidamos las palabras, especialmente en los días difíciles.

Cuando no permitimos que las pequeñas distancias se conviertan silenciosamente en abismos.

El amor suele desgastarse de la misma manera que crece: a través de los detalles diarios.

Al final del anuncio aparece el lema de Esselunga:

«No hay gasto que no sea importante».

No hay gesto de amor que sea demasiado pequeño.

Porque, algunas veces, dentro de un simple melocotón puede caber el deseo inmenso de una niña: que las dos personas a las que más quiere vuelvan a mirarse con cariño.

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