Cuando la amistad sostiene el mundo

Hay una mesa que se mueve.

No lo suficiente para caerse.

Solo lo justo para incomodar.

Durante casi todo el anuncio —una parte de la campaña de Santalucía, “Una vida contigo”— la mesa de la cocina baila levemente. Es un detalle pequeño, casi irrelevante. Pero permanece. Como un murmullo visual que atraviesa toda la historia.

Mientras tanto, vemos a dos amigos. Y escuchamos una versión del clásico “Help!” de The Beatles, reinterpretado por Lia Kali:

“Necesito algo de ayuda, algo va mal.
Cuando estás cerca de mí vuelve la paz.
Por favor, ayúdame, si no, no voy a poder”. 

La historia es muy sencilla. 

Dos amigos. 

Manolo acoge a Alfonso en su casa. Ha tenido un revés en su vida, no sabemos cuál. No hace falta. Basta la sonrisa de Manolo, que hace fácil ese duro momento, y una hospitalidad que salva su vida. Un sofá compartido. Un desayuno entre amigos. Una tabla gimnástica y un paseo en coche.

Nada extraordinario.

Y, sin embargo, todo lo importante. Porque la grandeza de la vida está en las cosas pequeñas…

Así hasta que irrumpe la enfermedad.

Entonces la historia gira sin estridencias. El que sostenía empieza a debilitarse. El que fue acogido se convierte en sustento del otro.

Es en ese intercambio donde la amistad revela su verdadera naturaleza.

La mesa que baila

En la Ética a Nicómaco, Aristóteles distingue tres tipos de amistad: la que nace de la utilidad, la que nace del placer y la que nace de la virtud. Esta última —la más alta— no depende de lo que el otro me da, sino de lo que el otro es.

Aquello de: “¡Es bueno que tú existas!”.

No porque me divierta.
No porque me convenga.
Sino porque tu vida importa.

Tú me ayudas. Yo te ayudo. 

No es deuda. Ni cálculo. Solo reciprocidad. Cuando tú te tambaleas —como la mesa— yo te sostengo

Y, cuando sea yo quien vacile, ahí estarás tú.

La enfermedad no es un desequilibro. El desequilibrio es no poder contar con nadie. 

Por ello, la amistad no solo acompaña. También deja algo que sigue sosteniendo. Incluso cuando el otro ya no está.

Muy humanos

En los dos últimos artículos hablábamos de las relaciones paterno-filiales y las familiares. Hoy, completando esta “trilogía relacional”, el anuncio de Santa Lucía me lleva a detenerme en la amistad

Porque, en gran medida, somos lo que somos con los demás: con las personas que nos quieren.

Y en una cultura que trivializa la palabra “amigo” —convertida en etiqueta digital o en afinidad superficial— esta historia nos recuerda algo más exigente: la amistad verdadera implica entrega, donación y responsabilidad mutua.

Implica despertarse antes. Llevar al otro cuando no puede andar.
Implica aceptar que un día los papeles se invertirán.

O comer bombones juntos, mientras escuchamos música con los mismos auriculares.

Porque tal vez la mesa nunca deja de bailar del todo.

Y lo decisivo es saber que, cuando todo vacile, habrá alguien dispuesto a inclinarse, agacharse… y colocar un libro bajo la pata.

¿Acaso no es eso —y nada más— la amistad?

“No hay nada más humano que ayudar y ser ayudado”. Así termina el anuncio: con esta gran verdad.

***

PD: Muchas gracias a Roser S. por enviarme este precioso anuncio. Agradeceré todas las sugerencias que queráis enviarme para publicar y comentar en este blog.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *