El legado familiar: entre llevar y ser llevado

No hace falta ser especialmente futbolero para emocionarse con este vídeo de LaLiga. De hecho, el fútbol es casi una excusa. Un marco narrativo. Lo que se cuenta va mucho más allá de un partido, o un deporte de masas.

Todo empieza con una escena aparentemente cotidiana: un hijo adulto habla con su padre, ya mayor, después de tomarle la tensión arterial, y le pregunta si realmente le conviene hacer eso que tienen previsto. 

A medida que avanza el vídeo, vemos cómo el padre se abriga, el hijo prepara la salida y aparece una bufanda que delata el destino: un partido de fútbol. Y es entonces cuando la narración da su giro más inteligente. Sin avisar, sin subrayarlo, los personajes cambian. El padre se vuelve joven. El hijo, un niño. Son los mismos gestos, la misma complicidad, pero cuarenta años atrás.

El tiempo ha pasado. Pero la historia sigue siendo la misma.

Durante décadas, el padre ha cuidado del hijo. Lo ha llevado, lo ha acompañado, le ha transmitido una pasión —el fútbol, sí— pero sobre todo una manera de estar juntos. Ahora los papeles se invierten. Es el hijo quien acompaña. Quien vigila. Quien pregunta si conviene o no conviene. Y sin embargo, lo importante no es el partido, sino ir juntos.

Todo esto sucede mientras suena Contigo aprendí, la canción de Armando Manzanero, interpretada por Pablo Alborán, que funciona aquí como hilo emocional del relato. No es una música decorativa. Cada verso parece decir lo que los personajes no verbalizan:

Contigo aprendí
A ser dichoso…

Aprender con alguien significa, muchas veces, aprender a querer. Y aprender a querer implica, tarde o temprano, aprender a cuidar. Primero en una dirección. Después en la otra.

El vídeo es especialmente fino en un detalle que lo dice todo: las miradas. Cómo el hijo mira al padre, con esa mezcla de preocupación y gratitud. Cómo el padre mira al hijo, con confianza y orgullo. No hacen falta palabras. El vínculo se hace visible en esos silencios compartidos.

«La vida es eso que pasa entre que tu padre te lleva al estadio y lo llevas tú a él», reza el claim del vídeo. En realidad, entonces el fútbol desaparece del centro del relato. Lo que queda es la vida misma. El paso del tiempo. El relevo natural del cuidado. La certeza de que querer también significa estar, día tras día, en las cosas pequeñas.

Este gran anuncio muestra que el legado más importante no es una afición, ni un equipo, ni siquiera una tradición concreta. El legado es el tiempo compartido, el afecto transmitido, la presencia fiel a lo largo de los años. Aquello que hace que, cuando llega el momento, cuidar no sea una obligación, sino una forma sublime de amar, de devolver lo recibido.

Y comprender, al final, que la vida —la de verdad— sucede precisamente ahí: en ese trayecto silencioso entre llevar y ser llevado.

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