«Encadenados»: cuando amar significa confiar

[En el 80º aniversario del estreno del filme]

El 6 de septiembre de 1946 se estrenaba en Estados Unidos Encadenados (Notorious), una de las películas más admiradas de Alfred Hitchcock y la última en la que trabajó junto al productor David O. Selznick. Se cumplen ahora ochenta años del estreno, y su argumento conserva intacta la capacidad de inquietarnos.

Espías, nazis refugiados en Brasil, uranio escondido en botellas de vino y una peligrosa misión. Pero todo eso es, en realidad, el envoltorio. Porque Encadenados no trata tanto de espionaje como del amor entre dos personas incapaces de confiar plenamente la una en la otra.

Una mujer marcada por su pasado

Alicia Huberman (Ingrid Bergman) es hija de un espía nazi condenado por traición. Ella ha rechazado las ideas de su padre, pero no puede escapar de su apellido. A esa herencia se suma su fama de mujer frívola, promiscua y aficionada al alcohol.

Entonces aparece Devlin (Cary Grant), un agente de los servicios secretos estadounidenses. Su misión es reclutarla para infiltrarse en un grupo de nazis instalados en Río de Janeiro. Allí vive Alexander Sebastian (Claude Rains), antiguo pretendiente de Alicia y hombre clave de la organización.

Durante su estancia en Río, Alicia y Devlin se enamoran. Sin embargo, cuando reciben las instrucciones definitivas, descubren hasta dónde deberá llegar ella: primero tendrá que seducir a Sebastian y, más tarde, casarse con él.

Ahí comienza el verdadero conflicto.

Devlin ama a Alicia, pero todavía la juzga por su pasado. Cuando ella acepta la misión, él no interpreta su decisión como un sacrificio, sino como la confirmación de sus prejuicios. Alicia, por su parte, confunde la frialdad de Devlin con falta de amor.

Los dos se quieren. Los dos sufren. Y cada uno interpreta equivocadamente el silencio del otro.

El espionaje como prueba del amor

La idea inicial de la película procedía de un relato publicado en 1921 sobre una actriz reclutada para seducir a un agente enemigo. Hitchcock y el guionista Ben Hecht transformaron profundamente aquel argumento hasta convertirlo en una historia mucho más incómoda: la de una mujer utilizada por aquellos que supuestamente representan el bien.

Los servicios secretos combaten a los nazis, pero no dudan en emplear a Alicia como instrumento. Devlin podría defenderla ante sus superiores, pero se protege detrás de su deber profesional. Ella, en cambio, arriesga su intimidad, su cuerpo y finalmente su vida.

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Por eso Alicia no es la mujer fatal que parece al principio. A medida que avanza la película, descubrimos en ella a una auténtica heroína. Para demostrar que no es como su padre, deberá engañar. Para recuperar su dignidad, tendrá que actuar de una manera que parece confirmar su mala reputación. Y para demostrar su lealtad —a su país, a la misión y también al hombre que ama—, deberá casarse con otro.

Hitchcock evita así una división demasiado sencilla entre buenos y malos. Devlin es el héroe, pero participa en la utilización de Alicia. Sebastian pertenece a una organización criminal, pero ama sinceramente a la mujer que lo está traicionando. De hecho, confía en ella mucho más que Devlin.

Esta es una de las grandes paradojas de la película: Devlin desconfía de una mujer que merece su confianza, mientras Sebastian confía en una mujer que lo engaña.

Una llave, unas botellas y una taza de café

Hitchcock poseía una capacidad extraordinaria para convertir los objetos cotidianos en fuentes de suspense. En Encadenados bastan una llave, unas botellas y una taza de café.

La llave de la bodega representa la confianza que Sebastian deposita en su esposa, pero también la traición de Alicia, que utiliza esa confianza para entrar en la bodega que le está prohibida. Allí se encuentra el famoso MacGuffin del filme: uranio escondido en botellas de vino, uno de los ejemplos más célebres de un recurso de suspense que Hitchcock utilizó una y otra vez a lo largo de su carrera.

De ahí nació una anécdota que cuenta el propio Hitchcock: cuando él y Hecht consultaron a un científico sobre la posibilidad de construir una bomba atómica, sus preguntas despertaron las sospechas de las autoridades, y el FBI lo mantuvo vigilado durante un tiempo. Faltaban todavía varios meses para el lanzamiento de la primera bomba en Hiroshima.

Sin embargo, al director le importaba muy poco el uranio. Era solo el motivo que ponía en marcha la trama. Esa es la base de cualquier MacGuffin hitchcockiano. El verdadero peligro estaba en otro lugar: en la sospecha que crece entre los personajes, en la llave oculta en una mano, en las botellas de champán que se acaban demasiado deprisa o en esa taza de café que convierte un gesto doméstico en una amenaza mortal.

También el célebre beso entre Cary Grant e Ingrid Bergman nació de una limitación. La censura de Hollywood impedía prolongar demasiado los besos en pantalla. Hitchcock burló la norma haciendo que los actores separasen brevemente los labios, pero mantuvieran los rostros unidos mientras caminaban, hablaban y volvían a besarse. Así consiguió una escena de más de dos minutos, mucho más íntima que un beso convencional.

Todos estamos encadenados

El título original, Notorious, alude a la mala fama de Alicia. El título español, sin embargo, ofrece otra clave para comprender la película: todos sus personajes están encadenados.

Alicia lo está al pasado de su padre y a la imagen que los demás tienen de ella. Devlin, a sus prejuicios, a su orgullo y a su deber profesional. Sebastian, al amor por Alicia, a una madre dominante y a la organización nazi a la que pertenece.

También el amor está encadenado al espionaje. El matrimonio se convierte en engaño; el beso, en coartada; la confianza, en instrumento de traición. Los personajes dicen una cosa y sienten otra. En una película llena de agentes que buscan información, nadie es capaz de comunicar lo verdaderamente importante.

Por eso el momento decisivo no es el descubrimiento del uranio. Es cuando Devlin deja de esconderse detrás de su trabajo, entra en casa de Sebastian y reconoce por fin que ama a Alicia. Solo entonces comienza a verla como realmente es, y no como la mujer que había decidido que era.

Ochenta años después, quizá sea esa la razón por la que Encadenados continúa resultando tan moderna. Hitchcock nos recuerda que el amor no puede sobrevivir mucho tiempo allí donde hay prejuicio, orgullo y desconfianza. Amar exige aprender a mirar al otro de nuevo, sin condenarlo para siempre por su pasado.

Porque las cadenas más difíciles de romper no siempre son las que nos imponen los demás. A veces son las que nos fabricamos nosotros mismos.

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